sábado, 20 de diciembre de 2014

El poder del aburrimiento

A mis treinta y tantos me atrevo a asegurar que las burradas, disparates, bobadas, estupideces, torpezas, sandeces, despropósitos y meteduras de pata más grandes las he cometido siempre en momentos que compartían un mismo denominador común: el aburrimiento. 
Estás en la playa, te despiertas de la siesta, los anuncios de la peli del sábado noche, un domingo de lluvia y ¡zas! qué sola estoy, cómo me aburro, abro una caja de galletas y...¡voy a escribir un whatsapp! y así es como se cometen las gilipolleces más grandes: una cita que ni te va ni te viene, un diálogo surrealista con un tío que tampoco te acaba de gustar, un mensaje al que te molaría que te contestara y que no te contesta.... En el caso más maléfico escribes a ese chico que estaba loco por ti, y dejaste hecho polvo con la excusa de ser amigos, y de paso charlar un rato ahora que no tienes nada mejor que hacer en plan Transformer del perro del hortelano (leí el concepto por ahí y me encantó). En el caso más autodestructivo eres capaz incluso de mandarle un mensaje a tu ex para pegarte un buen banquete de recalentado esa tarde aburrida de domingo. 

martes, 9 de diciembre de 2014

Tener pareja está sobrevalorado

Supongo que hay momentos en la vida en los que no buscas nada pero sí que estás más... flojilla ¿no? momentos en los que esa mezcla de atontamiento, pasotismo y agotamiento emocional te lleva a estar más receptiva a al hora de creer en la magia de los encuentros fortuitos, en el destino y en los cuentos de príncipes y de princesas.... basta que ocurra algo "fuera de lo normal" y zas: de cabeza. 

Le conocí en el tren, íbamos en el mismo vagón y nos esperaba poco más de una hora de trayecto. 

Todo fue muy rápido: conectamos desde el primer minuto y no dudamos en intercambiar nuestro número de teléfono antes de despedirnos. Los siguientes días el contacto constante por whatsapp ya era inevitable. La verdad era que aquel chico resultaba ser todo lo que una chica podía desear: era guapo, interesante, trabajador, educado y estaba por mi... Todo resultaba fácil, natural, romántico y fantástico, era como si el destino me lo hubiera puesto "allí" para mí y que lo encontrara de una forma totalmente casual en un sitio tan extraño como preciso, aquel día concreto en el que decidí hacer algo que estaba a años luz de mi rutina y alejado de todo lo que me pudiera recordar a la palabra "novio" o derivados. Sin embargo allí estaba Él, apareciendo en mi vida en un momento en el que ya me daba igual estar o no estar, encontrar o no encontrar, olvidar o no olvidar, empezar o terminar; y así fue como empecé a vivir mi propia peli pastel made in USA a base de mensajes, llamadas, visitas sorpresa, cenas en sitios espectaculares y todo tipo de atenciones. Pronto quedaron atrás las discusiones con los hombres que habían pasado por mi vida, los rollos raros, lo de tratar de justificar si él se ha comportado así o asá.... de modo que mi perspectiva sobre muchas cosas empezó a cambiar o, simplemente, a desaparecer. Todo ocurría en sintonía y era fácil, demasiado quizás. Entonces me pregunté si era así como ocurrían las cosas entre esas personas que se conocían y en menos de un año se casaban y tenían hijos... algo bastante usual a partir de los treinta. Parece que no haya término medio a estas alturas. ¿Me ocurriría lo mismo a mi?

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